Es uno de los aforismos más famosos de Antonio Machado, del libro Nuevas canciones (1924), en la sección “Proverbios y cantares” dedicados a José Ortega y Gasset.
La versión canónica dice:
El ojo que ves
no es ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve.
Machado, con esa economía de palabras tan suya, nos golpea con una idea profunda: la realidad del otro (el “tú”, la mirada ajena) no depende de nuestra percepción subjetiva.
No es un objeto pasivo que existe solo porque yo lo mire; existe plenamente en su capacidad activa de mirarme a mí, de reconocerme, de constituirme como visto.
Es un antídoto contra el solipsismo:
el mundo y los demás no son mera proyección mía; tienen su propia agencia, su propio ser que me interpela. En otro proverbio cercano del mismo conjunto, Machado lo lleva al terreno amoroso:
Los ojos por que suspiras,
sábelo bien,
los ojos en que te miras
son ojos porque te ven.
Allí la reciprocidad se hace aún más íntima y dolorosa.
En tu versión sonará casi como una cita de memoria o una reescritura oral, que es precisamente cómo estos versos han vivido durante un siglo: de boca en boca, en tatuajes, en posts, en reflexiones sobre la mirada, el amor, la existencia del otro.
¿ Te vino a la cabeza hoy?
En cualquier caso, es de esos dichos que, una vez oídos, ya no se olvidan.