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Aprendemos
No aprendemos de lo vivido…
… Aprendemos de reflexionar sobre lo vivido.
John. Dewey
Virtudes cardinales
las cuatro virtudes cardinales, ejes fundamentales de la conducta moral en la filosofía clásica y la teología cristiana. Su nombre proviene del latín cardo (quicio o bisagra), pues sobre ellas “gira” toda la vida ética de una persona.
Las 4 Virtudes Cardinales
- Prudencia: Considerada la “madre de todas las virtudes”. Es la capacidad de discernir el verdadero bien en cada circunstancia y elegir los medios adecuados para realizarlo. Sin ella, las demás virtudes carecerían de guía.
- Justicia: Consiste en la voluntad constante y firme de dar a cada uno lo que le es debido. Regula las relaciones humanas y promueve la equidad en el orden social.
- Fortaleza: Es la firmeza en las dificultades y la constancia en la búsqueda del bien. Permite resistir las tentaciones y superar obstáculos, incluso el miedo al sacrificio por una causa justa.
- Templanza: Modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos.
Origen y Evolución
Aunque hoy se asocian frecuentemente con el Catecismo de la Iglesia Católica, su origen es griego. Aparecen inicialmente en la obra de Platón (La República) y fueron desarrolladas por Aristóteles y los Estoicos antes de ser integradas por pensadores como Santo Tomás de Aquino.
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Templarios
El origen de los Templarios (fundados en 1119 por Hugo de Payns) marcó una revolución en la Edad Media: por primera vez, el hombre de armas era también un hombre de oración. Sin embargo, fue San Bernardo de Claraval quien, mediante la Regla Latina y su tratado Elogio de la Nueva Milicia, forjó ese “temple” legendario basado en la disciplina y la templanza radical.
Para San Bernardo, el “temple” no era solo fuerza física, sino una arquitectura espiritual regida por estas normas:
1. La Dualidad del Caballero (Mansedumbre y Fiereza)
San Bernardo los describió como seres singulares que debían ser “tan mansos como corderos y tan fieros como leones”.
- En la paz: Debían mostrar una humildad absoluta, evitando la arrogancia de la nobleza tradicional.
- En la guerra: Actuaban con una fortaleza serena, sin odio personal pero con una determinación implacable en el combate.
2. Templanza contra la Vanidad
Para forjar un espíritu inquebrantable, San Bernardo impuso una austeridad que eliminaba cualquier distracción mundana:
- Prohibición del lujo: Se les prohibía el uso de adornos en caballos o armas, la caza con aves de rapiña y los juegos de azar (como los dados o el ajedrez).
- Apariencia sobria: Debían llevar el cabello corto (signo de sumisión) y barbas largas. El baño y el cuidado excesivo del cuerpo eran vistos con recelo, prefiriendo un aspecto curtido por el sol y el polvo de la batalla.
- Silencio y Sobriedad: Durante las comidas reinaba el silencio, y se evitaban las risas inmoderadas o las conversaciones inútiles para mantener la vigilancia mental.
3. El Triple Voto como Guía
La “fortaleza” templaria nacía de la renuncia total a través de tres pilares monásticos:
- Pobreza: No poseían nada propio; su sello (dos jinetes en un caballo) simbolizaba esta humildad compartida.
- Castidad: Un control absoluto de los sentidos para canalizar toda su energía hacia su misión.
- Obediencia: Una sujeción total a la razón y a sus superiores, eliminando la voluntad propia para actuar como un solo cuerpo en el campo de batalla.
Esta mezcla de monje y soldado creó un tipo de combatiente que no temía a la muerte, pues según San Bernardo, morir en combate no era un final, sino una gloria espiritual.