El origen de los Templarios (fundados en 1119 por Hugo de Payns) marcó una revolución en la Edad Media: por primera vez, el hombre de armas era también un hombre de oración. Sin embargo, fue San Bernardo de Claraval quien, mediante la Regla Latina y su tratado Elogio de la Nueva Milicia, forjó ese “temple” legendario basado en la disciplina y la templanza radical.
Para San Bernardo, el “temple” no era solo fuerza física, sino una arquitectura espiritual regida por estas normas:
1. La Dualidad del Caballero (Mansedumbre y Fiereza)
San Bernardo los describió como seres singulares que debían ser “tan mansos como corderos y tan fieros como leones”.
- En la paz: Debían mostrar una humildad absoluta, evitando la arrogancia de la nobleza tradicional.
- En la guerra: Actuaban con una fortaleza serena, sin odio personal pero con una determinación implacable en el combate.
2. Templanza contra la Vanidad
Para forjar un espíritu inquebrantable, San Bernardo impuso una austeridad que eliminaba cualquier distracción mundana:
- Prohibición del lujo: Se les prohibía el uso de adornos en caballos o armas, la caza con aves de rapiña y los juegos de azar (como los dados o el ajedrez).
- Apariencia sobria: Debían llevar el cabello corto (signo de sumisión) y barbas largas. El baño y el cuidado excesivo del cuerpo eran vistos con recelo, prefiriendo un aspecto curtido por el sol y el polvo de la batalla.
- Silencio y Sobriedad: Durante las comidas reinaba el silencio, y se evitaban las risas inmoderadas o las conversaciones inútiles para mantener la vigilancia mental.
3. El Triple Voto como Guía
La “fortaleza” templaria nacía de la renuncia total a través de tres pilares monásticos:
- Pobreza: No poseían nada propio; su sello (dos jinetes en un caballo) simbolizaba esta humildad compartida.
- Castidad: Un control absoluto de los sentidos para canalizar toda su energía hacia su misión.
- Obediencia: Una sujeción total a la razón y a sus superiores, eliminando la voluntad propia para actuar como un solo cuerpo en el campo de batalla.
Esta mezcla de monje y soldado creó un tipo de combatiente que no temía a la muerte, pues según San Bernardo, morir en combate no era un final, sino una gloria espiritual.